Odisea

Sábado tempranito, sol que aún no molestaba demasiado, dos mayores y un menor partimos de excursión hacia el afamado Temaikén.
Localizamos medio de transporte, subimos y nos piden $15 en monedas para pagar los boletos. El menor, absorto en su mundo y soñando con lo que vendría, ni se mosqueó en cambio quienes lo acompañábamos comenzamos a contar las monedas con la lengua afuera (como Manolito Goreiro cuando no le salían las sumas y las restas) y concluímos que nos faltaban $5 para llegar al monto solicitado.
Con cara de desdicha y gestos de súplica intentamos que el avinagrado chofer nos permitiera pagar la diferencia en billetes pero no hubo caso, cinco cuadras después del ascenso tuvimos que descender abruptamente del bus profiriendo insultos por la mala predisposición del susodicho y porque encima, al abrir la puerta para eyectarnos sin piedad, me aplastó el pie izquierdo contra no se qué cosa y quedé medio tullidita.
Caminamos doscientos metros pidiendo moneditas a diestra y siniestra pero nadie se apiadaba de los excursionistas frustrados hasta que en una estación de servicio un santo vendedor de nafta nos ayudó y nos pusimos una vez más en marcha.
El viaje duró algo así como cinco estaciones (verano-otoño-invierno-primavera-verano) hasta que de pronto se hizo la luz y ante nuestros ojos apareció una flecha que señalaba hacia donde quedaba Temaikén.
Luego de desembolsar el dinero que correspondía por las entradas, pasar los molinetes y desplegar el mapa para saber cómo cuernos se recorría el coso ése a dónde habíamos ido, salimos disparados hacia el acuario porque me había encaprichado con una visita guiada para conocer las especies del lugar.
Menos mal que llegamos tarde porque la nada misma frente a la visita guiada era la novena maravilla del mundo.
De ahí en más nos esmeramos tanto pero tanto en encontrar algún animal que no estuviera durmiendo, deprimido, cansado de la gente o con serias intenciones de activar alguna célula de Al Qaeda que terminamos extenuados.
Logramos hallar tres monos (de una misma especie) en una jaula y fué el acontecimiento de la tarde porque el resto de los pobres animalitos estaban solos.
El tigre blanco dormía la siesta contra unas rocas y se cubría los ojos con una de sus manitos para que los flashes (¿por qué cuernos los visitantes los dispararán cuando saben que dañan a los animales?) no lo despertaran.
Los chitas (supuestamente las nuevas atracciones del lugar) sólo querían dormir y no se registraban ni siquiera entre ellos.
El canguro no saltó ni medio cm; las suricatas se esmeraban en cavar huecos cada vez más profundos en la tierra para escapar de los chillidos infantiles; el rinoceronte se había auto exiliado en un rincón y de cara a la pared (o sea que lo que vimos de él fueron sus cuartos traseros); el supuesto terrario tenía tres grillos disfónicos y cinco gusanos de madera desnutridos que pedían alguna viruta por caridad.
De elefantes, jirafas, leones, chimpancés, panteras y demás ejemplares comunes a cualquier zoo capitalino ¡ni hablar!, si estábamos en un bioparque interactivo ¿cómo se me ocurre semejante cosa?
Eso sí, caminamos como beduinos por el desierto, el pequeño guía de turismo que nos tocó sufría alguna suerte de desorientación temporaria porque en varias ocasiones terminamos caminando en círculos, la infraestructura del lugar es impresionante, una latita de gaseosa cuesta como un lingote de oro y el cine en 360° es lo más atractivo de todo.
Para regresar no tuvimos problemas con la compra de los boletos porque alguien, en un ataque de sensatez, decidió venderlos para regresar a la Capital aceptando cualquier cosa a cambio: monedas, billetes, chapitas de gaseosa aplastadas, corchos quemados y hasta sandwichitos de miga pegoteados por el calor reinante.
Otras cinco estaciones y habíamos regresado a casa, carrera para ver quién subía más rápido las escaleras y se zambullía en la cama a descansar, un soldado del batallón insolado, otro con calambres y el que quedaba todavía se preguntaba por qué había una sola especie de monos (y no algunos más) fué el saldo de la aventura sabatina.
Me queda claro que no volvería a vivir la odisea Temaikén pero quién me quita las carcajadas que se nos escapaban cada vez que las piernas no respondían y teníamos que seguir subiendo escaleras o estábamos en pleno momento de reposo bajo la sombra de algún árbol piadoso y mientras el menor insistía con el “¿Vamos? ¿Vamos? ¡¡Vamos!!” nuestros huesos se negaban a dejar el relax del banquito de madera y continuar?

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~ por Siworae en enero 13, 2008.

7 comentarios to “Odisea”

  1. No se si reirme o llorar…

    Voy a reirme… pero solo porque sos vos, eh.

  2. Jack: Te atacó la misma duda que a nosotros, a veces no sabíamos si reírnos o llorar pero terminó ganando la risa. Es que … por momentos parecíamos sacados de un cuadro de Magritte, Chagall o el mismísimo Dalí (ahí está, creo que éramos algo así como una copia local de Los Relojes).

  3. ¡¡¡MAGRITTE!!!

    Oh, dios mío… Eso amerita una reverencia mía, sin dilaciones ni dudas.

  4. Jack: The Son of Man, La Condition Humaine, Les amants, son algunos de mis preferidos. Venga otra ronda más y van …

  5. Creo que “El grito” de Munch quedaría fantástico para ilustrar una odisea de estas características.

  6. Animancias: Sin dudas es la mejor elección para semejante travesía.

  7. Hola, estoy llegando para conocer tu trabajo y me gustó mucho lo que encontré !Un abrazo y hasta pronto!

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